Lutero, con su renovación religiosa, dejaba al ser humano frente a frente con Dios, el individuo como creación suya, sin ninguna posible mediación -visible-. Este era el único vínculo posible con la trascendencia. Cada persona estaba predeterminada a ser salvado o a ser condenado; cada cual corre con su propia existencia, un tú a Tú, un tú finito enfrente del Tú infinito, y es a partir de esta conversación que se debe copsar su pertenencia o bien al reino de la luz o bien al reino de las tinieblas.
Sea cual sea el destino de cada cual, este mundo ya es un preludio del infierno, condenado por el pecado original en la lejanía del Redentor, separados por un umbral inalcanzable para el ser humano. Pocos signos de esperanza o bien ausencia de ella al mundo.
Con Bergman, educado en el protesstantismo, cada persona es una isla que navega en su interioridad. Aunque sea odio, o amor, o sufrimento, es patentemente propio, únicamente suyo. Se intenta hablar, como un intento por poder llegar al otro, pero a sabiendas de que sólo se expresa la propia interioridad, aquella insondable propuesta propia que sólo queda en el propio reflejo de un espejo, signo de un mismo.
Este individuo a quien lo único que le pertenece auténticamente es su pecado, su castigo, sus ilusiones o su pérdida. Por esto podemos encontrar la sinceridad a las palabras o en sus emociones, porque están enfrentadas frente a frente a un absoluto, la totalidad de la vida que se presenta a cada instante, en absoluto como una abstracción de momentos y de instantes entre los que pueda ir igualando cantidades negativas o positivas que adicción matemática, sino como cada momento como apertura a una decisión presa según una respuesta a una pregunta. En cada momento se muestra mi existencia, ya sea determinada a salvarse o a condenarse.
La pregunta pertinente es qué es de mi vida, y siempre es una pregunta que no afecta sólo al presente sino que tiene la mirada puesta aunque sea en un futuro inmediato. Y la respuesta es siempre de cariz religioso, aunque no sea respuesta en algún caso por ninguna religión objetiva. Esta es la respuesta que guía el día a día, el universal de sentido que nos dirige. Es religiosa o trascendente porque hace referencia a una sentencia sobre proposiciones futuras, que todavía no están presentes, y por lo tanto forman parte de la esperanza, de la ilusión o del deseo, determinaciones que surgen desde el interior pero que la realidad externa no me puede responder, en cuanto que continuamente en tiempo presente.
Es probablemente incomprensible por cualquier latino la angustia imperante en los films de Trier o de Bergman. Nosotros, latinos, en la confianza de la luz y del Sol, con un mar moderado y calmado, con la bonanza de nuestra alimentación mediterránea, completamente adiestrada.
Y la pregunta que se se debe hacer es, como la cultura escandinava, o del Norte, fue capaz de abrazar esta religión. Las posibles respuestas son dos: porque era mejor que se salvaran unos cuántos que no paso estar todos condenados, en la tribu y en el más allá, a sacrificar vidas; segundo, porque el ambiente de lucha por la supervivencia y bonanza de la naturaleza es inexistente en un clima dónde la mitad del año, la vida permanece latente.
Tampoco entiendo dos aspectos. El primero, este intento de suplir la enseñanza de una cultura religiosa como ingrediente actual de una parte importante de la humanidad porque al fin y al cabo, la religión está superada y acabará siéndolo por todas partes; mas creo que esta educación serviría para poder entender al otro -interculturalidad-. El segundo, es entender la cultura religiosa como una pregunta que caracteriza al ser humano y que contempla varias posibles respuestas -incluida la atea-, que hace referencia al sentido último y desde el que se toman decisiones presentes y se configura la política.