“Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu”: nada hay en el pensar que no haya estado antes en el sentido, en la experiencia. (…) Pero ella [la filosofía especulativa] viceversa afirmará igualmente: “nihil est in sensu quod non fuerit in intellectus” en el sentido que (…) el sentido jurídico, ético y religioso son un sentimiento y por ende una experiencia con un contenido tal que tiene su raíz y su sede sólo en el pensamiento.
G. W. F. Hegel, “Enciclopedia de las ciencias filosóficas”, Introducción, §8.
Esta acertada observación del filósofo alemán al que, y no debe importar por ello, no es de mis mejores simpatías, me lleva a subrayar la necesidad de interioridad, es decir, de descubrir no en la realidad de los hechos, sino en la profundidad del pensamiento, la raíz humanizante de la realidad: el deber, el ideal, la posibilidad de la idea de infinito -y todas sus variantes-, es un impulso humano.
El conformarse con lo dado, con la "rica" indefinidad e indeterminidad real, de una cosa al lado de otra, normalmente propuestas como goce sensible -uno tras otro-, nos hace esclavos de ello -en este caso se adquiere monetariamente-, corriendo detrás de ellas en esta horizontalidad sin horizonte, sin límite, porque el límite permitiría, desde él, mirar más allá.
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