Creemos, o tomamos como tales, que los conceptos son simple reflejo de la realidad que sentimos, en una abstracción de diversas características comunes de los particulares que nos den a entender las cosas.
Esa definición puede valer para conocer objetos de nuestro alrededor como “mesa”, “piedra”, y un largo etcétera. Pero empieza a verse su problematicidad en los términos técnicos con los que podemos transformar la realidad, y que son pura creación humana -aunque verificada en la realidad- pero ya es improbable del todo esta explicación para conceptos como libertad, como derecho, patria, nación, justicia, etc. pues muchos de ellos no están en la realidad y no los podemos sonsacar de la misma, a no ser que el propio pensamiento humano se considere realidad -o se vea como dador de forma al mismo (idealismo).
No voy a entrar en disquisiciones filosóficas, porque el asunto nos llevaría no solamente varios renglones sino una discusión de toda la historia del pensamiento humano.
Me sirve este breve preámbulo para aterrizar sobre una noción que hoy en día está en boga: “naturaleza”. Intentar pensar que algo como la naturaleza global, toda ella, en su innumerable presencia de ecosistemas, incluso como organismo vivo, por favor, pido aclaraciones. Sobretodo acerca del origen de este concepto, que, como totalidad omniabarcante no puede haberse verificado empíricamente; con lo cual, queda expuesta a ser considerada como Idea, y por tanto, buscar su pretendida realidad -al menos como mero ente de razón. Curiosamente, ente de razón, por definición, no tiene ninguna posibilidad de constatación fáctica, pero sí tiene la capacidad actuar como reguladora, como sistematizadora de posibles experiencias que nosotros clasificamos como ecológicas -y esa es la función que actualmente realiza.
Permitidme recurrir a la historia de la “naturaleza”.
Desde hace siglos,la Naturaleza ha sido la madre nutriente -y lo sigue siendo- de la humanidad. A la misma había que arrancarle el alimento, en la lucha por la supervivencia contra otras especies. Por supuesto, lucha a muerte. En esta lucha, el ser humano se encontró con hambrunas, epidemias, y un largo etcétera de numerosos ejemplos en los que se vislumbra lo que la Naturaleza podía hacer con el hombre.
En las propias ciudades antiguas y en épocas pre-modernas, lo humano se separaba de lo natural por la diversa ley que se cumplía en ambas -en pocos casos como algunos sofistas y en la actualidad a nadie se le ocurrió naturalizar las leyes humanas, hacerlas equivalentes entre sí, pues ello hubiera supuesto la desaparición de la civilización, cuyas características son variopintas, pero en todas ellas se defendía algo diverso a la vida en naturaleza-. Esta separación venía representada por la muralla, que defendía, no tan sólo de invasiones de otros seres humanos, sino también de la ley natural. Curiosamente, en francés “défendre” es al igual que defender, prohibir, puesto que la prohibición es vista como una defensa. [Hoy se ve lo prohibido como cobardía o eliminación de la posibilidad de elección]
Esta visión paisagística de lo natural empieza a aparecer cuando la naturaleza ya no es vista como amenaza, es decir, en la madurez de la Revolución Científica, la Revolución Industrial, donde se aplica el conocimiento exacto humano a coger lo natural y ponerle orden. Con las primeras buenas cosechas, la desaparición de algunas enfermedades, el aumento de la población, pronto el hombre verifica su saber. [“Begriff” en alemán es concepto, y su raíz “begreifen” significa coger, captar, y cuando algo lo cojo, lo tengo a la mano, hago con él lo que quiero, pongo a la realidad a mi altura, y por ello, ya no asusta, ni atemoriza, la puedo contemplar].
A pesar de todo, tenemos constancia de que lo natural, aparte de belleza que podemos observar tranquilamente mientras paseamos -y por tanto- que ya hemos domesticado en forma de camino o de sentirnos bien defendidos para poder referirnos a un orden natural, podemos experimentar pavor, lo sublime, cuando experimentamos lo ilimitado, la forma caótica del mundo desbocado, de magnitudes gigantescas en un tsunami, un terremoto, donde se nos escapa toda posibilidad técnica de contemplación tranquila. Esta naturaleza sigue siendo “pura”, incontaminada, mientras que la primera le ha pasado por encima la Revolución Industrial.
Pido explicaciones, pues, a los naturalistas que aclaren a qué naturaleza nos referimos.
Además, no entiendo como a estas alturas pueden presentarse ciertos saberes superiores, cuya raíz se desliza a la alquimia, brujería o cualquier otro conocimiento donde van aparejadas las fuerzas ocultas de la verdadera naturaleza, cuyos elementos no son meros elementos constitutivos sino que se ven afectados por simpatías entre ellos, atracciones y que pueden llegar a explicar no ya las enfermedades sino también los caracteres. Conocimiento que no es democrático sino que viene dado por ciertos dones o revelaciones particulares en sitios determinados. Ya no digamos el barniz pseudoreligioso que adopta esta noción. Si actualmente nos consideramos miembros de una sociedad post-moderna, en cuya modernidad se desveló el engaño religioso explicitándolo como vaporosidad conceptual del cerebro sin ningún correlato empírico o bien como miedos ocultos de la humanidad a lo desconocido -falta de valentía para afrontar la muerte-, seamos fieles a la tradición y no nos dejemos colar por la puerta de atrás nuevos misticismos -en los que incluyo la película “Avatar”, como nueva revelación-.
Que haya que vivir en un equilibrio con la naturaleza, supone explicitar los contenidos naturales, su conceptualización, y además si viene prescrito como deber moral, nos debemos mostrar delante de los ojos cual es su finalidad.
De todas maneras, y también siguiendo los cauces de la historia, actualmente estamos alimentando, más que menos, a unos siete mil millones de seres humanos. Tengan en cuenta el dato porque todo el mundo quiere mejorar el mundo pero que no le sustraigan ni un ápice de su comodidad.
Otra cosa ya es la calma de la conciencia.
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