divendres, 13 d’agost del 2010

Recuerdos universitarios

En efecto, si lo verdadero sólo existe en aquello o, mejor dicho, como aquello que se llama unas veces intuición y otras veces saber inmediato de lo absoluto (…) se pretende que lo Absoluto sea, no concebido, sino sentido e intuido, que lleven la voz cantante y sean expresados, no su concepto, sino su sentimiento y su intuición”
HEGEL, F. W. G “Las tareas científicas del presente”, prólogo de la “Fenomenología del Espíritu”

Recuerdo la aparición en el centro universitario en el que estudiaba Filosofía, la presencia de unos bufones, saltimbanquis o titiriteros, “artistas” hoy en día tras el lavado de imagen que se le ha efectuado a nuestro lenguaje, anteriormente directo, brusco, impactante, jerarquizante... se le ha hecho un lifting importante, limando asperezas, porque al fin y al cabo, las diferencias son reconocidas o aceptadas cuando desaparecen como concepto. Bien, esos artistas jugaban con aros, con naranjas, y un largo accesorios con los que demostraban sus habilidades.

Yo siempre me pregunté qué hacía esa gente en ese centro, considerado en mi juventud no como depositaria y transmisora de la cultura -aspecto que en mi época se garantizaba en la escuela- sino como actualizante y elaborante de esa misma cultura o saber. Es decir, pensaba que la universidad suponía algo serio.

En algunas ocasiones me acerqué a hablar con ellos, personas al fin y al cabo como yo. Eran felices, eso me sorprendió, completamente felices: habían encontrado su sitio, su lugar, siguiendo las peripecias de sus manos, de sus aros. Algunos de ellos estudiaban en la universidad, pero el conocimiento que recibían no era el auténtico, no era el útil para la vida, pues no suponía ninguna alegría, ninguna palpitación subterránea y real... Ellos tenían la razón, y nosotros por mucho estudio, por mucha letra, por mucho esfuerzo que invirtiéramos en nuestra biblioteca, no llegaríamos nunca a su meta. Al fin y al cabo, nuestra finalidad era otra: perpetuar el estado de cosas, la situación económica, la desigualdad social, y toda la retahíla de problemas globales que empezaban a vislumbrarse en el horizonte de mediados de los noventa. Éramos “pequeñoburgueses”.

Ahora, tras el tiempo, puedo escribir estas líneas, entender que cada uno elige su destino, el mío fue -y sigue siéndolo aún- “el trabajo del concepto” -en palabras del autor de la cita inicial al post-. y que existen algunas responsabilidades que no pueden cargarse a las espaldas de otros.

No niego la intuición ni tampoco ciertas experiencias absolutas en momentos de la vida. Tan sólo creo que las mismas no aíslan al resto de la vida, de la rutina -no mediocridad-, sino que deben insertarse e involucrarse en la misma, a poder ser verificadas en la misma.

Es cierto que algunas veces reencuentro a los apóstoles de la verdad -no sé si nueva o si siempre ha sido la misma-. Están cansados, no sé si vencidos, porque su verdad consistía en diversas gradaciones bajo el umbral de las sensaciones, y cuando ha pisado tantas veces el mismo terreno, transcurrido los mismos caminos, sin algo más que impulse a moverme, uno se queda en la verdad, inmóvil, muerto, y seguramente dañado por el dopaje causante de semejantes viajes a ningún sitio.